Carlos Melendez, filósofo

Durante varios días he querido revisar la última incursión de Carlos Melendez, el más reciente aporte del singular sociólogo que, siendo producto de la izquierda caviar, reniega y sacude siempre sus alas contra el viento que lo educó y que finalmente lo llevó a su tranquilo refugio americano. Melendez ya fue citado por mí gracias a Soy el Pio’s Chicken de los Académicos, un buen panegírico sobre el caviarismo que señalaba las características de los señores de la izquierda dúctil, pero en su última nota se dedica a tocar de refilón el más coyuntural de los temas referidos a la izquierda de cuello blanco: el Museo de la Memoria. Curiosamente lo hace dando saltos de ballet: no enfrenta el hecho sino que lo usa para girar alrededor del mismo. Agarra la noticia y la envuelve en otro ropaje a fin de relanzar algunas ideas de su particular cosecha a la par que nos ofrece lugares comunes para repasar (que no analizar) el cómo opera la memoria del pueblo, o simplemente “la memoria” en el discurso del Jorobado.

El problema es que el texto de Carlos Melendez es como un pez: escamoso y escurridizo. A la primera oportunidad que lo tocas algo se desprende y termina uno convencido que, de seguir revisando al bicho, vas a quedarte con un menudo esqueleto insepulto el cual, para colmo de males, punza cada vez que le das vuelta.

Melendez se trae algo: hay una pequeña intención no del todo clara, no del todo expresa en un texto que a la primera de cambios resulta planteando unas cosas bien raras. Por ejemplo que la “memoria” ciudadana es un repositorio de trivialidades o que, dicho de otro modo, esta compuesta de cosas que se han comentado el domingo por la tarde y así, la memoria del pueblo en el Mundo Melendez, es llana, ausente de trasfondos filosóficos, de crisis, dolor, de cuestiones éticas o morales. El pueblo como colectivo en la lectura Melendez resulta siendo un ser anodino, cosa que me resulta dificil de creer.

O sea, somos brutos, seamoslo siempre.

Y en segundo lugar, plantea que la mayor expresión de la política, de la memoria y de la ciudadanía es el voto. No el ejercicio constante de derechos o la identificación con las obligaciones del Estado, o la relación ciudadano versus el Estado en sí misma, menos aún en la emergencia de sujetos y expresiones políticas distintas, sino sólo aquel acto que rutinariamente se cumple cada n años y que, por ridiculeces que no merecen ser enunciadas ahora, sigue siendo obligatorio.

El otro punto ya ha sido tocado por otras personas: Melendez implica la relación entre popularidad y deber, una relación causalista que deviene en insustentable por cuanto en el Mundo Melendez sólo sería exigible, sólo poseería trascendencia y principalía aquello que resulta siendo aclamado por las masas. Melendez sustenta un marco de democracia arcaica, un entorno en el que el demos no es funcional a la política y a la moral sino a sí mismo.

Pero Melendez no deja de establecer un criterio básico, válido y verificable: que existe en la izquierda caviar un frenesí por establecer “una” verdad y que para ello se usa un collage impresionante de sucesos. Curiosamente, Melendez señala el efecto, pero se abstiene de analizar la causa, el por qué existe la fruición en la verdad y en lo correcto. Ausente de un análisis filosófoco, Melendez sólo cumple con señalar qué sucede pero no propone qué causa estas posiciones de eso que algunos llaman el liberalismo de izquierda.

Este es el reclamo general de Melendez, que resulta siendo un parricida confeso. Le señala sus pulgas a la izquierda señorial para, en el mismo acto, arrinconarse sospechosamente en la esquina del castigo. Melendez establece una práctica de denuncia al caviarismo peruano que en realidad termina siendo un llamado personal de auxilio constante, como quizá lo fue el devenir de los apóstoles en la mitología cristiana, con la diferencia que Melendez no hace una oferta de salvación sino que su reclamo constante es un curioso y eterno I told you que visto así resulta siendo un llamado no al cambio, sino al conservadurismo. Melendez, así, deja de lado la prospección de problemas y soluciones para repasar las tragedias pasadas de eso que se dice llamar izquierda y, en ese rumbo, delata su principal apuesta…

En definitiva, se las tiene claras: Carlos Melendez no busca el cambio, sino la muerte piadosa de la izquierda caviar. Es un anestesiólogo señalando qué cosas puede hacer para aminorar el impacto del dolor terminal que, en el mundo Melendez, es ese árido paisaje en el que el pueblo ya no piensa, es un colectivo gris que busca no ser zamaqueado por algún “radical de izquierda” pues quiere tranquilidad. Y por tanto en busca de la paz no le hace caso a nadie. Entonces, o bien Melendez plantea una revolución que tendría como primera víctima a él mismo o, simplemente (como creemos) se acerca al cinismo (en su acepción más griega) para lanzar cuatro piedras y luego solazarse con el cadaver insepulto del pensamiento progre.

Publicado el 10-03-2009 - - 134 visitas

Enlaces a este artículo

  1. Combitos » Derechos Humanos, Blogósfera, Museo de la Memoria, recuperación de la memoria
    14-03-2009 - 4:48 pm
  2. Memoria social y pensamiento lineal « Luna Antagónica
    15-03-2009 - 2:01 am
  3. “A la gente no le interesa si mis argumentos son falaces o no” » Derechos Humanos, Pucp, memoria, Sociología, Encuestas, Museo de la Memoria
    16-03-2009 - 9:29 am

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